10 de Febrero de 2007
SINCRONIA
El pasado, en el pasado está y lo que cuenta es lo que hayamos aprendido de él. El futuro nos depara lo que sembremos en el presente. Para obtener el fruto de la tierra, tenemos que saber qué es lo que queremos cosechar. Podemos ir preparando el terreno y tenerlo listo. Pero a la hora de sembrar las semillas, tenemos que saber lo que deseamos cosechar, ¡No hay más! Tenemos forzosamente que elegir. Esto equivale a saber que la vida nos da lo que le pidamos. Así entonces, ese deseo, ese sueño, esa aspiración, nos fue dada por Dios, es la semilla. Pero también nos dio las herramientas de labranza, de cultivo. Nos dió la inteligencia, la capacidad física y mental para sembrar, cultivar y cosechar ese sueño.
Con el libre albedrío, nosotros elegimos si nos ponemos a labrar la tierra o dejamos pasar el tiempo. Los estudios, la carrera, el trabajo, las actividades, las relaciones; son nuestras elecciones del camino a tomar. Y a pesar de nosotros mismos, cumpliremos la misión aquí en esta vida. Sólo que nosotros elegimos si el camino será de rosas o de espinas. Podemos pasarnos el tiempo lamentándonos la situación que vivimos o encaminarnos en el sendero que nos llevará a cumplir nuestra misión felizmente, plenamente satisfechos con la vida. Cuando hacemos esa elección, las cosas se dan a pedir de boca. Una llamada, una situación, un evento o un encuentro aparentemente fortuitos, nos abren el camino.
Se le llama sincronía al hecho de que una vez que hemos tomado una decisión acertada, los eventos, las personas y situaciones se dan en nuestra vida en el momento y lugar adecuados, abriéndonos puertas que antes pensábamos que no se abrirían o que ni sospechábamos que existían. Se nos dan las cosas en sincronía. Una decisión acertada es cuando sabemos (no cuando creemos) exactamente lo que queremos de la vida. Dios no nos trajo a este mundo a sufrir, quiere que seamos felices, que gocemos plenamente de la vida que Él nos dio. Por eso tenemos que saber bien qué es lo que queremos ser, hacer y tener en esta vida. Y cuando ya descubramos nuestra verdad emprendamos nuestro camino con gran confianza en nosotros mismos y así estaremos confiando en la fuerza de Dios que habita en nosotros. Cuando depositamos nuestra confianza en otros, dependemos de sus acciones y perdemos poder de realización.
Les daré el ejemplo de un amigo que tiene un hermano drogadicto. El había tratado de apoyarlo con rehabilitación, pero todo intento había fallado. Un día regresó el hermano diciéndole que estaba "tratando" de estar limpio, y que le permitiera quedarse unos días. Durante un par de semanas, él le decía que estaba "tratando" de encontrar trabajo. Un domingo en la mañana, mi amigo dejó al hermano dormido y al regresar, se encontró que su tele, su video casetera, sus cámaras, sus joyas, y su hermano habían desaparecido. El estaba desesperado. Su hermano había traicionado su confianza... no podía entenderlo... No comprendía que una persona que está "tratando de" no está haciéndolo de verdad. El había hecho todo lo posible por ayudarlo!¡ No le importaba tanto la tele, ni la video casetera, pero... ¡haber forzado la puerta de su recámara y tomado todas sus cosas buenas! Yo le pregunté, ¿si confiaba en su hermano, por qué había cerrado la puerta de su recámara con llave? La verdad es que realmente no confiaba en su hermano. El había confiado en lo que él le dijo, en lugar de confiar en la sabiduría divina que la había motivado a cerrar la puerta con llave.
Esa "vocecita interna" le estaba indicando que su hermano todavía era capaz de robar. Muchas situaciones y gente nos demuestran que no es bueno poner nuestra confianza en ellos. En estos casos, nuestra intuición nos da señales internas. Aprendamos a reconocer esas corazonadas que nos llegan, y confiemos.