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9 de Junio de 2007

LA VIRTUD

En el hombre hay mucho de bueno por el mero hecho de ser hombre: la naturaleza humana conlleva unas bases muy sólidas que permiten al hombre aspirar a su fin último, la felicidad.

 

Por otra parte, las virtudes perfeccionan nuestras capacidades y potencias naturales. La virtud facilita y hace deleitable nuestro correcto actuar. Si se reduce sólo la virtud a una costosa repetición de actos que otros califican de buenos, se pierde esta perspectiva.

 Normalmente, si se compara en este sentido la virtud moral con la virtud intelectual o algún hábito práctico (la natación, el manejo de un artilugio, la lectura) se ofrecerá una imagen cercana de cómo los hábitos operativos completan las capacidades naturales en orden a facilitarnos el actuar, acertando y aprendiendo a disfrutar en esta nueva forma de vida.

 

Otro rasgo de la virtud a menudo ignorado es que la virtud supone orden y armonía, de lo más elevado que hay en nosotros, sobre las meras inclinaciones naturales. Esto implica que no se trata de reprimir las inclinaciones que sentimos como seres dotados de cuerpo, sino de gobernarlas convenientemente, no de manera despótica  o bajo miedo, para llevarlas a incluirse en un orden que nos llevará a sentirnos dueños de nosotros mismos, más allá de los meros factores que nos lleguen a afectar, externa o internamente.

 

La virtud no es algo impuesto, una especie de prohibición con sabor a castigo: es lo que nuestra propia razón nos dicta si está bien asesorada y si hemos profundizado suficientemente en los motivos más adecuados que nos pueden mover a actuar. Siempre buscamos el bien, pero hay veces que elegimos mal. Es preciso aprender a encontrar los medios adecuados para acertar en las situaciones concretas. Lo justo es, lo que hace el justo: en definitiva, quien adquiere la virtud, adquiere la capacidad de acertar.

 

La virtud nos facilita el actuar, y por tanto nos permite alcanzar mejor los objetivos concretos que nos proponemos. Si nos vamos haciendo dueños de nuestras capacidades según la recta razón, según el correcto modo de ser hombres, seremos cada vez más libres para elegir, y más efectivamente capaces de alcanzar aquello que hemos elegido libremente.

 

La virtud está ordenada al amor, y nos lleva a tener más capacidad de amar y de ser amados. "El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios que habita dentro del hombre".

 

Todos tendemos por naturaleza al bien. No lo demos nunca por perdido: si encontramos el modo y momento adecuado de ayudar, esa tendencia natural al bien terminará aflorando: no existe corazón, por más metido que esté en el mal camino, que no esconda, como el rescoldo entre las cenizas, una lumbre de nobleza. Y cuando se toca en esos corazones, a solas y de corazón a corazón, siempre hay respuesta positiva.

Lo bueno es todo lo que responde a nuestra conveniencia sin lastimar a nadie y la virtud no sólo hace buena la obra en sí, sino que hace bueno al que la practica. Cuando actuamos, no permanecemos iguales: si actuamos bien, somos un poco mejores; si actuamos mal retrocedemos.

 

No somos indiferentes en nuestro actuar. Somos libres, pero con una libertad especial que engendra responsabilidad. Ya se ha dicho que junto a la estatua de la libertad debe estar una estatua de la responsabilidad.

Si no fuera por las virtudes, nuestra dispersión sería tremenda: la inteligencia por un lado, los sentimientos por otro lado, la voluntad perpleja... y las preocupaciones que no nos dejan ni pensar, ni descansar... La virtud es la que nos permite aprender, y no olvidar inmediatamente lo aprendido. La virtud nos hace felices; nos enrumba conforme a lo mejor que hay en nosotros mismos, hacia el fin que realmente deseamos.

 

 

 

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