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25  de Agosto de 2008

EXPERIENCIA DE VIDA

 

Al tomar la decisión de  tener un niño, cualquier pareja puede forjar un ambiente adecuado para que su vástago sea brillante; el triunfo no se hereda y nunca es tarde para empezar, solamente necesitamos padres responsables dispuestos a enseñar e hijos motivados dispuestos a aprender.

 

Psicólogos y genetistas están de acuerdo en que todo el proceso de formación, embrionaria y fetal, es importante porque es cuando se conforman las condiciones básicas del ser. En estas etapas se reciben pasivamente las diferentes programaciones, positivas o negativas, que influirán en toda la vida como condicionamiento básico del sentir.

 

Si hay rechazo por el embarazo, por el sexo del nonato, por las condiciones de estado, etc. esto hará del niño un ser rechazado y resentido, con todo el cuadro que esto representa. El nacimiento, sea cual fuere el caso, no deja de ser una aventura desagradable. Después de vivir cómodamente en el vientre en una especie de paraíso, llega el momento de la expulsión de ese rincón de satisfacciones y en ese tiempo se forma el condicionamiento de odio contra quien permite la salida; de cólera, contra la persona que se esmera en maltratarle con los cuidados que el niño toma como agresiones (contacto con los guantes, desflematización, medida y control de peso, baño, etc.); de resentimiento contra todos, y de miedo a lo desconocido porque cada nueva experiencia le es desagradable y agresiva. El odio, la cólera, el resentimiento y el miedo son las barreras que impiden el progreso y actúan durante toda la vida si no se destruyen con adecuadas terapias de liberación.

 

Para que los padres, y posteriormente los maestros, puedan enseñar al niño es necesario sembrar confianza, solamente si hay una buena dosis de confianza en las relaciones se podrán canalizar las diferentes acciones y reacciones infantiles. La confianza se obtiene en razón directa con la calidad de tiempo que los padres pasan con sus hijos, a mayor tiempo, mayor confianza. Si los padres jerarquizan sus actividades con este razonamiento, los hijos y las generaciones futuras serán beneficiados; así se estará sembrando futuro y creando un nuevo mundo.

 

Cuántas veces los hijos, comedidamente, son despedidos con las justificaciones de: mi amor, estoy ocupado, por favor no me interrumpas, no tengo tiempo, etc. Estos y otros términos destruyen la confianza y quitan la oportunidad de educar en el bien.

 

Hay niños que prueban todo lo que está a su alcance por conseguir la atención de los padres y, al no conseguir, toman la decisión de creer que nadie les quiere en la familia, quitan valor a la relación filial y empiezan a buscar atención fuera del hogar, con todos los riesgos que esto significa.

 

En otro plano, los niños no entienden las reglas de cortesía, hay únicamente, acciones, conductas, comportamientos; las palabras no cuentan si no van acompañadas de hechos. Esta realidad nos hace ver  que padres y maestros, en una sagrada conspiración, debemos interactuar con los niños y jóvenes y no limitarnos a hablarles. No hay ocupación que sea más importante para dejar de atender a los hijos, ninguna persona está más capacitada que los padres para atender a los hijos. No hay que esperar que otros realicen la función que les toca a los padres, ni delegar responsabilidades que, en muchos casos, pueden ser contraproducentes; por comodidad y uso de tiempo, en actividades de menor importancia, se pone en riesgo la seguridad y formación básica de los niños.

 

Los hijos son la obra de los padres y solamente los padres deben firmar dicha obra maestra con todo el orgullo que da la satisfacción del deber cumplido.

 

Todo esto se oye bien; pero ¿funciona en la práctica? o es solamente una bonita glosa ideal para el país de las maravillas?… La Asociación Mexicana de Profesionales de la Orientación nos presenta la siguiente historia: “Fue sorprendente el resultado de las pruebas de C.I. aplicadas a una familia de padres de recursos de inteligencia mediana. A la edad de doce años Susanita estaba en segundo grado de secundaria; Estefanía de ocho años, en cuarto grado de primaria y Juanita de seis años, en segundo de primaria. Las tres laureadas con los mejores galardones de aprovechamiento escolar. Estas niñas arrojaron un C.I. superior a 150, el de Susanita pasaba de 200 que es el máximo en la escala de Sanford Binet.

 

Después de los estudios y entrevistas pertinentes se comprobó que en esta familia tuvieron mucho que ver los cuidados prenatales y atención en la primera infancia. Se creó la suficiente confianza y luego se moldeó la calidad del éxito con el ejemplo de dedicación de los padres. La madre de estas niñas afirma que, más o menos a partir de los cinco meses de gestación, les hablaba a sus hijas para darles confianza, porque consideraba que la confianza era el mejor facilitador para la educación. Luego a cada una, cuando recién nacida, le cantaba y bailaba con ella al ritmo de una música suave y cadenciosa, le daba juguetes y le explicaba su pequeño mundo.

 

Esto lo hacía durante el día mientras su esposo trabajaba. Enseñó a sus hijas a leer con sentimiento, a expresar sorpresa, tristeza, felicidad; a darle vida a lo que leían. Evitaba cuentos de terror, historias cómicas como las de Popeye (que siempre está peleando) y la del conejo Bugs Bunny (al que siempre le están disparando). Su programa de televisión favorito era Plaza Sésamo; Les estaba terminantemente prohibidos los programas de violencia,  aventuras espeluznantes y cosas por el estilo. Los padres de estas niñas siempre creyeron en sus hijas y les calificaron como brillantes. La madre señala que el gran amor que les tiene es el elemento más importante de su desarrollo y que nunca pensó ni pensará crear genios sino que siempre buscó y buscará la felicidad de sus hijas”.

 

Con esta breve historia bien vale la pena pensar que lo que se haga o se deje de hacer en el hogar tiene una importancia vital. Nadie podrá complementar, reemplazar o superar a una madre en la cimentación o inicio de la formación en los siete primeros años de vida.  El auténtico amor de los padres produce el milagro de la adecuada educación de los hijos.

 

 

 

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